La nostalgia de Snopes

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Emulando (palabra que está muy de moda últimamente y que viene singularmente al caso) al poeta, mis recuerdos son los de un patio andaluz. Por entonces los juegos de los que uno disfrutaba no eran en exceso distintos de los que habían disfrutado nuestros padres y abuelos. Pero un buen día llegó una revolución que cambiaría las vidas de gran parte de los jóvenes, una revolución jamás hasta ahora imaginada.

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Aparecieron las máquinas recreativas y poco a poco conquistaron los rincones más oscuros de los bares para luego colonizar un nuevo tipo de locales, los 'salones recreativos' en donde hordas de chavales de trémulas manos y vidriosos ojos contemplaban absortos cómo alguien movía un mando y aporreaba -porque otra cosa no era- insistentemente determinados botones de luminosos colores mientras -sin pestañear- tenía toda su atención fijada en una pantalla que entonces parecía envolvente y que muy lejos queda ya si la comparamos con las actuales máquinas de juego en red que tienen tanto o más éxito que aquéllas pero aquéllas eran las de mi infancia y éstas no; no quiero decir que a uno no le emocionen las nuevas creaciones de los informáticos, pero la pátina del tiempo dota a los recuerdos de un halo especial, una distorsionada imagen de los hechos pasados que está aderezada con notables dosis de hiperbólica sensibilidad.

Por aquel entonces, jugar a cualquiera de esas máquinas costaba dos duros y según escribo esto me veo rebuscando nervioso frente a la máquina del 'Frogger' (la de la ranita que debía atravesar una carretera primero, para más tarde jugarse la vida en un río infestado de cocodrilos) en pos de las monedas que mi padre me había dado (más porque le dejase tranquilo tomar el aperitivo con los amigos que porque creyese que esos lugares me hacían bien) y que yo eché demasiado nervioso tal vez, a mi bolsillo, estaba como digo frente a esa máquina tras una considerable espera, pues los 'mayores' (jóvenes aún impúberes pero que se me antojaban crápulas inmersos en mundos nocturnos y peligrosos y que -indefectiblemente- dejaban las preciosas consolas quemadas por sus cigarrillos mancillando -a mi entender de entonces- algo que nos dotaba de una diversión mágica) exprimiendo las 'coins' hasta la náusea. El dinero que me daban caía en mis manos tras minuciosos planes trazados para conseguir que mis padres abrieran la mano y me diesen algunas monedas para ser gastadas rápidamente -como si se licuasen y fuesen absorbidas sin dejar rastro- en juegos cada vez más perfeccionistas.

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Pronto los precios subieron y lo que costaba dos duros pasó a costar cinco. Afortunadamente, esta comisión se mantendría por muchos años. Mi dinero se iba en máquinas que pasarían a ser míticas: 'Galaxian', 'Tapper', 'Spy Hunter', 'Asteroids', y tantas otras. Recuerdo con cariño mi primer mechero. No crean que a la edad de diez años fumaba ya, pues no era tan espabilado, más bien pudiéramos decir que era un botarate atolondrado.

Habían salido al mercado, aunque para mi grupo de amigos y para mí, el mercado no era otra cosa que los bares a los que iban nuestros padres a tomarse unas cañas con pescaíto frito, carne mechá y huevas aliñadas tan propias de Cádiz, habían salido digo, las máquinas de olimpiadas a las que nuestras mentes no daban abasto por más que lo intentásemos, necesitábamos jugar dos personas para ir pasando las pruebas. El modo de jugar tenía su encanto, había que ir pulsando alterna y repetidamente dos botones que -imaginaba yo- que serían uno para cada pierna (en el caso de las pruebas atléticas) y los brazos (en el caso de la natación) y mi compañero de juegos debía darle a otro botón que unas veces significaba saltar y otras respirar. Sólo había una forma de vencer y era moviendo rápidamente el mechero sobre los botones de izquierda a derecha para imprimir en nuestro personaje la velocidad necesaria para ganar. Estoy hablando -lo sabrán ya- de 'HiperSport' y del 'Daily Thompson, Decathlon'; fabulosos sin duda.

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Me viene a la mente ahora que por aquellos tiempos yo tenía ya mi primer ordenador un flamante 'Spectrum Sinclair 16 K' que posteriormente hubo que ampliar a 48 pues siempre daba el error 'Out of memory' o 'Out of range' ya no lo recuerdo bien, pero lo que sí hago es ver a mi padre advertirme -o mejor dicho prohibirme- cargar, en aquel precioso ordenador de teclas de goma con muchos comandos en cada una de ellas y anotadas por colores, cualquiera de los muchos juegos de olimpiadas que estaban en boca de todos los chavales.

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Qué momentos de indefinible deleite. Con gracia me veo tirado en la cama nervioso y desconsolado a la vez al serme requisado el ordenador por el grave descenso de mi rendimiento académico con la lógica y considerable baja de las calificaciones escolares en numerosas ocasiones, debido a lo que se comenzó a llamar en la época 'adictividad'. Una adictividad a los videojuegos que quizá por aquello de adoptar el sobrenombre de 'comecocos' (en honor al originalísimo 'Pacman') nuestros mentores pensaran que en realidad nos pudiesen comer el coco, y en verdad he de decir que -a mí por lo menos- sí que me llegaron a obsesionar algunos -si no muchos- de esos juegos electrónicos. Pero volvamos a lo que nos interesa, que son las máquinas en sí y no tanto los ordenadores aunque ambos vayan cogidos de la mano en nuestra infancia.

Cuando crecí y comencé a disfrutar de las primeras discotecas, cuando el amor y el sexo aparecieron en mi vida como un fantasma embriagante e ignoto, aún rondaba yo los salones recreativos -con algo más de dinero que antes- y con los primeros pelos ralos en un bigote incipiente. Era lo que se suele decir un baturro y cursaba primero de Bachillerato Unificado Polivalente (B.U.P.). Ahora eran otros los que se arremolinaban a mi alrededor mientras yo machacaba botones -con, inevitablemente, mucha más pericia que antaño puesto que dinero y tiempo me había costado- con la única diferencia de que en vez de ser críos analfabetos en juegos electrónicos los que me flanqueaban, eran verdaderos expertos en ellos, y me intriga pensar ahora si lo serían por disponer de mucho más dinero que yo a sus años o por el contrario por pasarse muchas más horas que yo viendo cómo jugaban los otros, y aunque todo puede ser, lo más probable es que la mezcla de ambas posturas sea la más acertada. Estos críos me enseñaron cómo sobrevivir en los mundos del 'Golden Axe' o 'Dragon Breed'.

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Puede parecer que la siguiente aserción se imagine en boca de alguien que frisa los treinta y aún no ha abandonado una juventud algo etérea puesto que los límites de los distintos periodos de la vida se han ido haciendo poco a poco nebulosos para ir desapareciendo y borrándose hasta el punto de encontrarse glorias de cuarenta años en pafetos y bares de gente que aún no llega a los veinte, el caso es -como decía- que alguna vez se me ocurrió pensar que los juegos de ahora no tenían -no tienen quiero decir- la originalidad y la propiedad de comernos el coco, pero si alguna vez pensé eso estaba muy equivocado.

Pero cada vez que pienso en cómo disfrutábamos -con apenas una década de vida- haciendo hamburguesas en el 'Burger Time', volando y recogiendo bombas con el trepidante 'Bomb Jack' o salvando a los honrados habitantes del 'Bank Panic' de forajidos y demás calaña; lanzando hachas y demás artillería en 'Gauntlet' y 'Commando' además de pilotar un avión de la segunda guerra mundial en el interesantísimo '1942' o viéndonoslas con zombis y otras criaturas salidas del averno en 'Ghost 'n' Goblins' si no estábamos robando una mina con 'Bangman', me subyuga y me transporta a un mundo mágico, al mundo de mi infancia. El recuerdo de nombres como 'Terra Cresta', 'Phoenix', 'Galaxian', 'Moon Cresta' y demás juegos de los acertadamente llamados marcianitos, hace subir mis niveles de adrenalina.

Creí que aquellos tiempos habían pasado, sucumbido al avance de los ordenadores y de la tecnología.

Pero un buen día, divangado por la red -que no navegando- me di de bruces con algo llamado 'Mame'. Jamás imaginé que pudiera volver a disfrutar como un niño, el niño que fui y que aprendió a crecer con un 'joystick' ente las manos.

Ahora puedo resolver una cuenta pendiente con algunos de aquellos juegos que no pude 'pasarme' como se dice en el argot propio de los videojuegos al haber dejado mi bolsillo exangüe.

Ahora, conseguir créditos -jamás entendí esta palabra, pues nunca disponías de crédito sino que te lo quitaban para disfrutar de una fugaz partida habiendo entregado, desconsoladamente, un fútil esfuerzo- solo implica pulsar una tecla y pudiendo gastar virtualmente miles de pesetas para completar ahora todas las dificultades que aquellos juegos me plantearon en su día, entre ellos 'Amidar', 'Rampage', 'Lunar Lander' y algunos otros que son más modernos pero no por ello dejan de ser clásicos como 'Prehistorik Isle' o 'Pang'. La nostalgia ha desaparecido y ha regresado a mi vida la adrenalina de mi soñada y anhelada infancia.

snopes

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